Lima es una ciudad de posguerra

Hace más de un año, mi esposa y yo regresamos a Lima luego de dos años en Washington DC. Con el objetivo de tener calidad de vida y consciente de la trunca reforma de transporte, empecé a estimar cuánto me costaría que un taxista me llevara y trajera de mi casa al trabajo. Luego de haber vivido en DC, no estaba dispuesto a aceptar que terceros dispusieran de mis horas-ocio. Mi precio de reserva me lo permitía, así que estaba decidido a cerrar el trato.

No obstante, luego de recordar mis vicisitudes universitarias en la línea “Machu Picchu” y luego en la mítica “Daewoo”, me di cuenta que si bien el algoritmo era sensato y válido, lo cierto es que sentía que también era una manera de desvincularme de mi gente; desvincularme de mi ciudad y pasar a contemplarla desde el cómodo asiento de un taxi. En ese momento el trato no se cerró.

Empecé a felicitar y a agradecer al conductor de coaster cuando utilizaba los paraderos, pero también discutía y me bajaba de los carros de pura impotencia. Tenía días hermosos cuándo  encontraba a choferes que daban ganas de abrazarlos e incluso llorar. Resistí. Resistí solitariamente por unos meses, pero luego abdiqué. Hoy utilizo los servicios de aplicativos móviles para el transporte. 

Hemos desarrollado arreglos institucionales informales que hacen que nuestro viaje sea lo menos eficiente y placentero posible. Respirar” en un bus en Lima es ficción. El modelo de transporte en Lima es un ejemplo extremo de lo que no se debería hacer; es el anti-ejemplo de libro de texto.

Siempre que veo el desorden se me vienen 2 preguntas a la cabeza:

  1. Por qué?
  2. Cuál es el la pérdida de bienestar de la ciudad por este desorden? (i.e. cuántas horas de creatividad, productividad y sobre todo ocio estamos perdiendo por este equilibrio?)

Con respecto a la primera pregunta, he estado indagando hipótesis de trabajo a partir de un enfoque institucional, pero el visceral libro: “No soy tu Cholo” de Marco Avilés contiene una hipótesis de trabajo que me ha dejado en shock: Lima es una ciudad de posguerra.

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Visceral y frontal.

Avilés señala lo siguiente:

Pensemos en el cuarentón de la camioneta y en los cuarentones y cincuentones que dirigen las familias, las empresas el país. Son los jóvenes que durante la guerra vivían encerrados en casa mientras afuera las bombas estallaban y los terroristas y militares mataban y secuestraban. No iban a fiestas ni discotecas. Sus padres nos lo llevaban de vacaciones al Cusco. Esa manera de vivir y sobrevivir formó una generación (…)

Veinte años después, cuando la paz es esto que vivimos, aquella generación está en el poder, en el Gobierno, en las empresas, a la cabeza de sus propias familias. Quieren darle a sus hijos la seguridad que ellos nunca tuvieron, y a cualquier precio. Sienten el derecho de tomar lo que antes le fue negado. Y lo hacen con ese mismo frenesí de los niños que salen al recreo después de haber pasado mucho tiempo castigados y encerrados. Quizá la experiencia les susurra que la libertad, será breve, pasajera. Que deben conseguirlo todo para hoy. Porque el mañana en Lima no existe.

(…) E imponen un ritmo de fin de mundo en la ciudad. Hay que comprenden de dónde vienen. Esta es su posguerra

 

 

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